domingo, 21 de abril de 2013

Nicolás Copérnico





Copérnico (su nombre polaco es Nicolaus Koppernigk ) se educó con su tío, un príncipe obispo, después de que su padre muriera joven, por lo que tuvo buenas oportunidades de recibir una excelente educación. Estudio matemáticas y dibujo en Cracovia, entonces, y por muchos años, centro intelectual de Polonia. En 1496 se marchó a Italia, donde pasó diez años de su vida estudiando medicina y derecho canónico e interesándose también en astronomía.

El fermento intelectual italiano estaba dispuesto a poner en duda y criticar los métodos tradicionales. El sistema del universo de Hiparco y Tolomeo, en el que los cuerpos celestes giraban alrededor de la Tierra, era excesivamente complicado, y a pesar de todos los razonamientos matemáticos que contenía, no era muy útil para predecir posiciones de los planetas con cierta antelación. Las tablas alfonsinas de Alfonso X, las mejores de las vigentes en siglos anteriores, ya estaban algo anticuadas y las correcciones de Regiomontamus solo tenían un valor temporal.




Pensó Copérnico que se podrían calcular más fácilmente las tablas de las posiciones planetarias si se consideraba al Sol, en vez de la Tierra, como centro del universo. Esto implicaba que la Tierra, junto con los otros planetas, habrían de considerarse como moviéndose en el espacio en rotación alrededor del Sol.

Esto no era una idea nueva, pues entre los antiguos, Aristarco sugirió la misma idea, y pocos años antes que Copérnico, Nicolás de Cusa hizo una sugerencia similar.

Copérnico, sin embargo, habría de hacer algo más que sugerencias. Empezó a trabajar sobre un sistema con completo detalle matemático para demostrar cómo las posiciones de los planetas podrían calcularse sobre esta nueva base. Para ello no hizo mucho uso de sus observaciones, parece ser que la observación astronómica no era su fuerte. Se cree que jamás vio el planeta Mercurio (este planeta es el más difícil de observar por su proximidad al sol).

Resultó que el sistema de Copérnico, nos aclaraba bastante detalladamente algunos de los problemas que había sin resolver de los movimientos planetarios. Las órbitas de Mercurio y Venus hacían que estos planetas nunca se alejaran, según el nuevo sistema, más allá de una cierta distancia al Sol, según se veía desde la Tierra, ya que las órbitas de estos dos planetas estaban más cerca del Sol que la de la Tierra. Por otro lado, como se consideraba que la Tierra giraba en una órbita menor que la de Marte, Júpiter y Saturno, periódicamente los adelantaría por lo que se observaba a estos últimos como viajando hacia atrás en el espacio.


El movimiento limitado de Mercurio y Venus, por un lado, y el movimiento hacia atrás (retroceso) de Marte Júpiter y Saturno, presentaron grandes innovaciones con respecto al sistema tolemaico e indujeron no menos complicaciones para defenderlo, Ahora, sin embargo, se veían más claramente explicados. Además el fenómeno de la precesión de los equinoccios descubierta por Hiparco, tenía ahora explicación no con un giro de la esfera celestial completa, sino por un giro de la Tierra alrededor de su eje, a la vez que éste describía sobre su punto medio un movimiento que desarrollaba dos superficies cónicas. Copérnico era partidario también de que la esfera celestial de las estrellas estaba a gran distancia de la Tierra, de manera que no influía la posición de éstas sobre el movimiento terrestre. (El hecho de que no lo hicieran se usó como argumento contra Copérnico, argumento éste que no llego a consolidarse hasta tres siglos más tarde, cuando lo hiciera Bessel.)

Todo esto se explicaba tan bien con el nuevo sistema de Copérnico que incluso se llego a considerar dicho sistema como algo más que un mero invento para calcular las posiciones de los planetas. Podía incluso describir la situación actual, incluido el movimiento de la Tierra. Sin embargo, Copérnico defendía la noción de órbitas completamente circulares, por lo que tuvo que mantener algunos de los epiciclos y excéntricas de las antiguas teorías. Esto no se corrigió hasta los tiempos de Kepler, medio siglo más tarde.

Copérnico describió su sistema en un libro, aunque durante algunos años se resistió a publicarlo, creyendo que sus afirmaciones acerca del hecho del movimiento de la Tierra podrían considerarse como herejías, lo que le podía causar problemas. Estos temores eran lógicos y prudentes a la vista de los que luego se les presentaron a Galileo y Bruno.

En 1505 Copérnico volvió a Polonia, donde fue canónico con su tío, en la catedral de Frauenburgo, aunque nunca llego a ordenarse sacerdote. También fue médico se su tío y desempeño varios cargos administrativos, especialmente tras la muerte de su tío.


Mientras tanto, preparó un sumario de sus nociones en un manuscrito que circuló entre los sabios de Europa, creando gran interés y entusiasmo. Finalmente, ante la urgencia que le infundió el matemático Rheticus, Copérnico permitió la publicación completa de su libro, dedicándolo intencionadamente al Papa Pablo III. Rheticus se ofreció voluntariamente a repasar la publicación.

Desgraciadamente Rheticus tuvo que abandonar la ciudad, dejando encargado del repaso a un pastor luterano, y dado que Lutero se presentó adverso a las ideas de Copérnico, el pastor se curó en salud, añadiendo un prólogo desautorizado que decía que la doctrina de Copérnico no innovaba nada sobre las teorías ya existentes, sino que solo servía como recurso para facilitar el manejo de las tablas planetarias. Esto hizo perder valor al libro y por muchos años puso en compromiso la reputación de Copérnico, ya que se le consideraba autor del prólogo también. Hasta el año 1609, Kepler no descubrió la verdad y entonces la publicó.


El libro se publicó en 1543 y se ha creído durante muchos años que la primera copia llegó a manos de Copérnico cuando éste yacía en el lecho de muerte, después de haber sufrido un ataque. Una copia del libro está fechada cuatro semanas antes de su muerte, según se ha descubierto recientemente, y eso deja una posibilidad de que llegara a sus manos. El libro empezó a tener adictos al momento, Reinhold, entre otros, lo utilizó a los pocos años para publicar unas nuevas tablas de movimientos planetarios.

Con Copérnico empezó la revolución científica que habría de destronar a la ciencia griega, colocando al hombre sobre una nueva y más fructífera senda. Esta alcanzó su culminación con Newton, siglo y medio más tarde.


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